domingo, 12 de noviembre de 2017

Constancia



Mas de medio siglo 
bailando el hula-hoop sin inmutarse.



Texto y foto, Virgi

jueves, 9 de noviembre de 2017

Confianza


Amanece y las nubes dicen que hoy lloverá. 
Ajeno a los anuncios, se viste ropa ligera y sale a la calle. 
Hace frío y del cielo gris caen unas gotas. Su misión ya sabe cuál es, ir a contracorriente, no puede fiarse sólo de indicios como hacen los demás. Su piel le dice que hará calor y allá va, protegido con sus creencias.
Cuando en la esquina un chaparrón casi lo tumba, sigue impávido, sin arredrarse, bien se habla a sí mismo de que todo son apariencias.
En la siguiente manzana intenta saltar un vado, pero resbala y se cubre de fango. Una vez más, continúa con la cabeza alta, entre paraguas, impermeables y charcos cada vez mayores. 
Su seguridad lo lleva al borde del barranco, donde ya corre un buen caudal. Sonriente, ninguna señal es suficiente. Como un niño sin conciencia, baja una veredilla y se acerca a tocar el agua. Sonríe, ¡bah, un hilo apenas!
Nada lo salva, el agua lo engulle mientras su confianza se ahoga entre el barro, las piedras que rebotan y el agua tumultuosa.




 Texto y fotos, Virgi


Santa María de Eunate



Supe de su existencia hace muy poco, gracias a un amigo al que ya únicamente por eso, le estaré siempre agradecida. Iba él haciendo el Camino y se acercó a la iglesia, creo que llovía algo y había niebla, pues recuerdo su foto con un chubasquero bajo uno de los arcos. Me pareció un lugar tan especial y él le puso tanto fervor, que no tuve otra opción que ponerme a buscar sobre este edificio excepcional.

















Pasó un tiempo y venía yo de Pamplona, animosa pasando Cizur Menor y Mayor, la balsa de Guenduláin, Zariquiegui y la subida al Alto del Perdón. Poco después, Muruzábal, y en su iglesia, pregunté por Eunate; me informaron que en dos kilómetros la encontraría (bueno, más de dos para llegar y alguno más para enlazar con mi destino de ese día en Puente la Reina), y que aún me quedaba como una hora hasta el cierre.
Allá me fui, por un camino solitario desde no se vislumbraba torre, campanario, ni tejado alguno, ni tampoco alguien por el sendero que me pudiera certificar lo correcto de mis pasos. Sin embargo, en un momento logré ver entre una especie de chopos lejanos, la figura inconfundible de la iglesia. No tenía pérdida, claro que no, allá estaba desde mediados del s.XII, aislada entre los campos, cautivadora desde cualquier lado que la veas.
















Su planta octogonal y la galería de treinta y tres arcos que la contornan son dos de las características que más llaman la atención. Una portada románica, el ábside pentagonal y los lucernarios que recuerdan a los baños árabes, o las marcas dejadas por los canteros en muchos de los bloques que la forman, son otros detalles que hacen única a esta iglesia.
En medio de nada concreto, en un paisaje plano y abierto al cielo, se levanta Santa María de Eunate, misteriosa, sorprendente, tan serena, que dentro solo quieres estar en silencio un rato, mirando la única imagen que tiene o contemplando los huecos en el techo. Son pequeños, también octogonales, y por ellos entra una luz tibia que ni ilumina, pero que le presta una singularidad particular y un halo grandemente espiritual.



Me senté un rato cerca de la puerta, uno de mis objetivos del Camino era llegar hasta allí, así que ya no tenía prisa. Miraba la bóveda perfecta, los capiteles con figuras extrañas, la Virgen con el Niño (copia de una imagen románica, al parecer desaparecida), los tímidos haces de luz entrando por los octógonos de la bóveda. Di luego varias vueltas por la arquería, sintiendo que estaba allí, en Santa María de Eunate, rozando los muros y las piedras, tocando los arcos, oliendo el maizal cercano y la tierra pisada por tanta gente antes. 

Sentados en el suelo, un padre le explicaba algo a su hija, cerca del ábside. Ni me vieron mientras paseaba, casi me pareció como el encuentro de un hombre con un ángel, mirando  ambos los prados y conversando de la brevedad de la vida y la largura de la belleza.



Texto y fotos, Virgi


Octubre 2017


Tejeda, Gran Canaria



Catalogado como uno de los pueblos más bonitos de España,  Tejeda nos ofrece una estampa blanca, pulcra, verde, muy montañosa.
Blanca por sus casas y muros, al borde del barranco o de las calles, bajo las enredaderas o las espadañas de la iglesia. 




Pulcra, porque no hay un espacio sucio ni un papel en el suelo, los adoquines no compiten con colillas, plásticos ni envoltorios. Verde, por los almendros de las huertas, colgados en los riscos, orillando parcelas, festoneando el paisaje; con las almendras en ofrenda al paseante, aunque aún no sea su tiempo. Montañosa, por lo que le rodea, un circo rocoso que viene a formar la caldera de Tejeda, una gigantesca formación volcánica de la que sobresalen dos auténticos resilientes: el Roque Nublo y el Roque Bentayga.



 Ambos peñascos son formidables (pitones fonolíticos según la geología), y llegar hasta su base una experiencia sencilla, obligatoria –si andamos por la zona- y grandiosa. Desde el Nublo, al atardecer, se divisa la caldera y muchísimo más, incluso el Padre Teide sobre las nubes, controlando el archipiélago. En una planicie, llamada el Tablón del Nublo, se posa el Roque, tal cual como acabado de plantar, incrustado sin trabajo por algún cataclismo primigenio. Símbolo de la isla, tiene una fuerza plástica indudable, lo mires desde donde lo mires, cerca, lejos y hasta desde Tenerife.
Subir al Bentayga requiere parecido esfuerzo, pero posee este lugar otras connotaciones más visuales e históricas, como el muro aborigen que lo contorna en parte, los escalones bien colocados y el premio final: el Almogarén, un espacio plano labrado en la piedra que, según algunos estudiosos pudo haber sido un lugar de culto relacionado con los astros, mientras otros se decantan por una vivienda con características especiales e incluso un sitio defensivo. Tiene en el centro una enorme cazoleta, así como otras más pequeñas, y dos oquedades bien trabajadas que quizás eran graneros o refugios, todo esto según diversas fuentes consultadas. Sobrecoge el lugar, al filo del abismo por un lado y con una pendiente pronunciada por otro, donde, a tenor de las crónicas, hubo gran población en numerosas cuevas, de las que algunas conservan grabados rupestres.
Fue el Bentayga escenario de un episodio importante en la conquista de las islas. Dice Abreu y Galindo que en este Roque se refugió Bentejuí, último Guanarteme de  Gran Canaria, junto con muchos de los suyos, en enero de 1493, ante la acometida de los españoles: “…se defendieron con valor que, por mucho que hicieron, no les pudieron ganar el paso, arrojando grandes galgas y piedras por los riscos y ladera abajo, que dejaban caer. Aquí mataron los canarios a muchos soldados e hirieron a tantos…”
Son Nublo y Bentayga dos centinelas apostados en lo alto, silenciosos, sabios, contundentes. Dueños del paisaje que los rodea, se mantienen alerta, en el conocimiento de que nosotros pasamos y ellos siguen, en una ceremonia de la Naturaleza cuyo ritual va mucho más allá de los visitantes, pequeñas hormigas recorriendo un paisaje mágico, sin acabar de entenderlo nunca.




Hemos de volver a Tejeda (plácida y coqueta, según la dejamos), para contemplarlos desde abajo, mientras apuntan a un cielo que seguramente conocen mejor que nosotros.















Texto y fotos, Virgi

Julio 2017


ERAS


Cuando en mis caminos encuentro una era, el alma se me ensancha.  Esos círculos perfectos, casi siempre de piedras encajadas con sabiduría, y otras veces de la propia tosca del lugar, me llenan de emoción.


Imagino cereales y granos rodando entre las ranuras, bajo la madera del trillo, con la brisa ahuyentando la paja mientras  lame cantos y conversas, acuerdos, turnos, sol,  brumas; niños brincando o dando vueltas montados en las bestias, gentes ocupadas en lo indispensable, alrededor de una circunferencia trazada con útiles elementales.

















Las eras, humildes, mudas, equilibradas, tantas veces recónditas y olvidadas, me revelan un conocimiento ancestral, poderoso, de la vida y los ciclos de la naturaleza.



Texto y fotos (excepto la última, de adal Glez.): Virgi

 25 diciembre 2016

Galerías y Atarjeas

GALERÍAS

Las grutas quilométricas que atraviesan el subsuelo de Tenerife y de otras islas, tienen un extraño atractivo. Llaman poderosamente la atención por el trabajo inmenso que supuso realizarlas y poseen también el imán de lo oscuro, del peligro, de la caverna infinita, algo así como si pensáramos en el laberinto del Minotauro, pero sin fiera, únicamente el agua manando desde una bolsa inmensa que abarcara casi toda la superficie de este peñasco.


Por más que he visitado varias y he caminado algunos metros por ellas, siempre me vienen a la cabeza las mismas cuestiones: ¿cómo se sabe el sitio correcto para empezar? ¿cómo han horadado kilómetros y kilómetros? ¿qué sucede al llegar a la bolsa de agua?¿cómo es el trabajo en un espacio tan estrecho?¿es similar a la labor de los mineros? Paralelamente, pienso en los medios empleados (dinamita, picos, palas y vagonetas) y sobre todo en los hombres metidos en esas larguísimas cuevas,  precariamente iluminada la negrura, con la compañía continua del ruido del motor  –para mantener el aire con un mínimo de salubridad-, y entonces siento  una admiración inmensa, no exenta de congoja, por esta labor que nos trajo el agua desde las profundidades de la isla.
He leído que aquí hay más de un millar y me parece imposible para un territorio tan pequeño, mas luego, caminando por él, no queda un sendero que no esté cruzado por algún canal o atarjea, con lo que esta cantidad es comprensible.  Porque esa es otra cuestión, cuando se conseguía el agua, había que encarrilarla, y allá iban los obreros a colgarse de riscos y barrancos, para transportarla donde fuere. Horizontal, con una levísima inclinación inapreciable, el agua discurre por sendas de todo tipo: piedra labrada, canales hechos en tosca y recubiertos de cal, toba volcánica, cemento, tuberías de hierro o galvanizadas; se alongan a precipicios, bajan una vertiente para subir por la de enfrente; se cuelgan de sitios inesperados, o se afianzan en acueductos elementales o alzados con primor.


El trabajo de horadar una galería entraña muchos peligros y han sido los obreros los grandes artífices de esta labor poco reconocida. Conozco varias personas que trabajaban seis días  a la semana durante años, pernoctando en unos pequeños cuartos, comiendo frugalmente y durmiendo lejos de sus familias, para entrar cada madrugada en un túnel de donde sacarían –en algún momento- el líquido vital.
Tienen las galerías, bien ya en desuso, bien aún explotadas, unos útiles de arqueología industrial, que entristece acabe perdiéndose: motores traídos de Alemania o Inglaterra, vagonetas de hierro con sus carriles todavía intactos, contadores de agua, extractores, barriles vacíos de combustible…un abanico de elementos que sirvieron para adentrarse hasta cinco o seis kilómetros bajo nuestro territorio, cruzando las raíces de volcanes, tierras de cultivo, malpaíses, riscos y bosques.



Evocan sus nombres sensaciones sugerentes, mucho más dulces que el trabajo que ha representado conseguir el agua: El Salto Azul, Archifira, Río de la Cañada, El Manantial, La Gambuesa, El Nilo, La Deseada, Guaco, Río de la Plata, El Rebosadero. Lo sugestivo de sus nombres no corresponde con la dureza del trabajo, pero a mí, particularmente, me deja un poso de misteriosa poesía que me atrae y me cautiva.



18 febrero 2017






ATARJEAS




El nombre es lo de menos. Lo de más es la importancia de estas rústicas conducciones de agua en la vida y trabajos de la gente del sur, sobre todo del sur de Tenerife y Gran Canaria. Unos elementos indispensables para entender la esforzada agricultura en un paisaje árido y con pocas facilidades para el cultivo.
Las atarjeas y su ingeniería popular, sabia y práctica, hicieron de los campos un territorio más humano, fértil y apetecible, a pesar del clima y sus variaciones pocas veces positivas.













En las cercanías de La Quinta, Los Derriscaderos o altos de Arico, se ven hechas directamente en la tosca; elaboradas a conciencia en piedra chasnera, como el canal que baja desde El Contador; largas y pesadas, labradas en bloques de pumita -que suele ser la mayoría de las existentes- para darles la forma de U y luego empatarlas unas con otras mediante cal, arena y quizás algo de cemento; las que se observan desde la carretera en zonas de Arguineguín, una asombrosa red de línea paralelas y perpendiculares; o algunas realizadas aún más burdamente, con piedras atacuñadas con mortero real, vistas en el Malpaís de Güimar; las muy escasas de tea, como la del  Camino del Risco;  y las esplédidamente afianzadas sobre arriesgados arcos, véase el sifón de Valleseco o el acueducto de Lomo de Mena. Son unas y otras ejemplos conmovedores, cuando en las caminatas acompañan mis pasos.



Los cientos (creo que incluso podrían ser algunos miles) de kilómetros que suman estas pequeñas obras, tienen un valor pocas veces considerado, bien por ser un elemento muy común en ciertos parajes, bien por el escaso aprecio que le damos a las cosas pequeñas y humildes. Lo cierto es que fueron, y aun lo siguen siendo, una parte fundamental para la vida en estos sures cautivadores. Todo un mundo alrededor del agua y su conducción, desde que es alumbrada en las galerías hasta que llega a su meta final, bien sean huertas, aljibes, estanques, charcas. Palabras como cantoneras, rebosaderos, arquillas, aforímetro, casilla del agua, canalero, dulas, pipas, tomaderos, tornas, tanquilla… nos remiten a un tiempo sacrificado y no tan lejano.


A pesar de que las tropiezo con frecuencia, nunca dejo de maravillarme. Las veces que, rumorosas, siguen en uso, cantan sobre épocas anteriores, y sin embargo, ya secas, parecen exhalar un grito de auxilio. Yo las acaricio, a veces hasta les hablo y me las traigo archivadas, recuerdo fugaz como el agua que se nos escapa de las manos.



Textos y fotos, Virgi 

4 junio 2017



miércoles, 8 de noviembre de 2017

Disyuntiva





Hubo de reconocer que tenía pocas opciones: 

o entraba por el aro 

o se deslizaba por el precipicio

 hacia espacios ignotos.




Texto y foto, Virgi